Cómo enfrento la tartamudez

sábado, noviembre 23, 2013


10 CONSEJOS PARA SUPERAR LA TARTAMUDEZ

Tomado del Blog de Noelia Veltri
(
http://latartamudezyyo.blogspot.com/)

Consejo 1: No hay ninguna cura mágica
Lo primero es lo primero – es necesario recordar que tu tartamudez no empezó de la noche a la mañana y su cura tampoco va a suceder de esta forma. No se desanime si no ve resultados inmediatos. Esto toma bastante trabajo pero vale la pena.

Consejo 2: Aceptar tu tartamudez
En tu caso, tartamudear es un hecho, así que no trates de presionarte para dejar rápido tu problema. Esta presión indebida te pone nervioso a ti mismo y el nerviosismo hace que se mantenga la tartamudez, e incluso que empeore.

Consejo 3: Deja de esconderte
Tienes que salir del anonimato y asumir tu tartamudeo frente a las demás personas. Cuando hablas piensas que suenas horrible y cuando oyes hablar a otros crees que su forma de hablar es perfecta – ¡basura! Nadie habla perfectamente. Recuerda que el estrés del habla hace que el tartamudeo empeore, así que trata de reducir ese estrés para que desaparezca de a poco la tartamudez.

Consejo 4: No trates de hablar fluidamente
El objetivo principal de una conversación, no es necesariamente hablar fluidamente. Tratando de hablar fluido aumentas el estrés y como lo mencione anteriormente el estrés es el enemigo! El objetivo principal de una conversación es hablar con buen ritmo y comodidad.

Consejo 5: Evitar la evasión
Recuerda las situaciones que has evitado en el pasado. Ya sean fiestas, club del lectura, o lo que sea – convierte en objetivo alguna de estas situaciones que te han provocado tartamudez y enfréntalas por lo menos una vez por semana. Esto te ayudara a construir la confianza necesaria para curar la tartamudez en ti.

Consejo 6: Superar el desafío
Como dijimos arriba, detener la tartamudez cuesta trabajo. Si lo mira como algo casi imposible, será así. Si lo aceptas como un reto y trabajas para superar este desafío a diario, no hay duda que podrás controlar tu tartamudeo.

Consejo 7: Contacto visual
Cuando hables, así como cuando escuches debes mantener el contacto visual. El contacto con los ojos puede ser difícil cuando tartamudeas, lo sé, pero este pequeño paso te ayudara a construir la confianza que necesitas para superar este reto.

Consejo 8: Conviértete en un agudo observador
Observa lo que hace la gente mientras habla. Cuando veas a personas que hablan “normal” observa lo que están haciendo, a qué velocidad están hablando, fíjate si están mirando a la persona con la que hablan. Observar a buenos oradores y a continuación práctica imitando lo que ellos hacen al hablar. Así también empezaras a notar que nadie habla perfecto.

Consejo 9: Tartamudear a propósito
Un pequeño truco que utilizan en las terapias de habla es tartamudear a propósito! Muchos que tratan de hacerlo a propósito se dan cuenta que no pueden! Tratar de forzar la tartamudez puede reemplazar los factores desencadenantes que te hacen tartamudear.

Consejo 10: Observate a ti mismo
Vas a tener que ser un agudo observador de ti mismo. ¿Cuándo tartamudeas más? ¿Cuándo tartamudez menos? ¿Que provoca tu tartamudez? Al conocer las respuestas a estas preguntas puedes comenzar a trabajar sobre las razones que provocan tu tartamudez y no solo en la propia tartamudez.


domingo, septiembre 29, 2013

Si me olvido que soy tartamudo, hablo mejor

Autor: Alex Ayala

Ruido en la comunicación. No recuerda su infancia como una etapa feliz –confiesa el autor del texto– a causa de la angustia que sentía por este trastorno y por las innumerables terapias sin resultados. Todo cambió recién cuando le quitó presión al tema.

Cada vez que un amigo me comenta por teléfono que se me escucha entrecortado –no por cruel o con la intención de echar sal en mis heridas, sino cuando falla la conexión o cuando me hallo en algún rincón remoto de Bolivia–, le llamo hijo de puta. Y lo hago despacito, masticando cada sílaba para que me entienda. Después, el que está al otro lado de la línea suelta una poderosa carcajada porque sabe que me encanta el humor negro, burlarme de mí mismo. Y solemos acabar riendo los dos juntos hasta la lágrima. 

A menudo, hay gente que me grita porque piensa que estoy sordo y los que no me conocen me encaran con gestos histriónicos porque intuyen que soy yo el que no les comprende bien a ellos. Desde que tengo uso de razón, los sonidos que nacen de mis labios se reproducen compulsivamente antes de matar muriendo. Y yo muero por la boca cada vez que hablo. Soy tartamudo, “repetidor” profesional, y a mucha honra. No concibo mi problema como un ancla, sino como catapulta: 40 millones de tartamudos en todo el planeta algo interesante tendremos que decir al mundo, aunque nos miren como a un freak de circo, aunque nos cueste innumerables dolores de mandíbula expresarnos.

Hay tartamudos que han entrado por la alfombra roja a nuestros sillones a través del cine, como Bruce Willis, Anthony Hopkins y Nicole Kidman. Los hay como Tiger Woods: deportistas exquisitos capaces de embocar una pelota en un hoyo a cientos de metros. Los hubo estadistas, como Napoleón o Winston Churchill, escritores, como Miguel de Cervantes, naturistas que dejaron huella, como Charles Darwin, oradores prodigiosos, como el griego Demóstenes casi cuatro siglos antes de Cristo. Y también, tocados por la mano de Dios, como Moisés para partir en dos las aguas del Mar Rojo. 

Pero la tartamudez no es don ni bendición divina. Los tartamudos ni somos más sensibles, ni más empáticos que el resto ni multiorgásmicos, como más de una vez he insinuado antes de dar una charla ante un auditorio repleto para romper el hielo. Somos más bien un pésimo chiste, la excepción que confirma la regla, una rareza, personajes singulares con una vocación complicada: cultivamos el fino arte de pronunciar palabras.
Somos además un expediente X en potencia para la ciencia: se sabe únicamente que segregamos dopamina en cantidades industriales y que las raíces de la incapacidad son neurológicas y genéticas. Y la mala noticia es que no hay ningún “antídoto” aún que nos defienda. Al menos, a los tartamudos crónicos, a los que nacimos así, un poco pasados de rosca. Porque hay otra tartamudez que sí se cura, más previsible, mucho más lógica, la que tiene su origen en un trauma, en un susto, en un accidente, la psicológica.

Durante mucho tiempo, en mi casa entendieron la tartamudez como un capricho. Mis padres creían que no hacía los esfuerzos necesarios para apaciguar mis nervios y mi hermano mayor me retaba cada vez que me atascaba en una eme –mmmmaaaa–, en una pe –pppppuuu– o en una ele –lllllllaaaa–. Quería hacerlo bien, pero a cada rato me trababa. Pasaba horas y horas de repetición en repetición y a menudo se me agriaba la boca antes de conseguir siquiera decir “basta”. Aquella situación me angustiaba tanto que incluso me planteé el suicidio: me paraba a veces frente a la ventana de mi cuarto –en un quinto piso– y trataba de decidir si me tiraba o no me tiraba. Me tenía lástima. 
De niño, estuve rodeado de mimos, atenciones y juguetes psicodélicos. Pero no recuerdo la infancia como esa etapa feliz e irrepetible de la vida en la que uno no tiene que preocuparse por nada. La mía fue otra cosa, una excursión interminable por decenas de despachos de remediólogos de batas inmaculadas que vendían sus tratamientos con la misma alegría con la que los charlatanes ofrecen la solución infalible para combatir la calvicie. Y lo que es peor: con los mismos efectos.

Por las noches, casi nunca me acostaba en compañía de un cuento de hadas, sino que lo hacía con el ronroneo de un casete que me invitaba a relajar hasta el milímetro más escondido de mi cuerpo. Visité durante un año a una psicóloga de ojos diminutos y papada de sapo que me metía en una caja enorme, completamente a oscuras, argumentando que mi respiración lo agradecería más pronto que tarde. Me presté además como cobayo para sesiones de acupuntura y de musicoterapia. Utilicé un ritmosensor, aparatito del tamaño de una caja de cerillas que me obligaba a vocalizar como un robot para regodeo de mis compañeros de colegio. Y hasta caí en las garras de un hipnotizador que me enseñó a partir tablas de madera y a doblar fierros con la garganta. Lo abandoné antes de aprender a caminar sobre brasas ardiendo, consciente de que el milagro que me haría hablar sin tropezar quedaba lejos.

Los intentos por convertirme en una farsa, en un tartamudo que no tartamudea, en una lengua sin pluriempleo, fueron constantes. Pero coleccionaba fracaso tras fracaso y gasté los minutos más valiosos de mi adolescencia en repetir que era una mierda frente a un espejo. Por aquel entonces, eran muchos los que me decían que jamás podría optar por un trabajo “decente”, que terminaría limpiando alcantarillas y cloacas. Otros me veían como a un bufón al que emborrachar de vez en cuando para entretenerse. Y yo miraba con envidia –y no precisamente de la sana– a mis cuates con pareja. Me creía víctima de una mala jugada de la evolución humana, un autómata con errores de fábrica.

Mis crisis existenciales se multiplicaron tras la muerte de mi madre, poco antes de que yo cumpliera 17 años. A fin de cuentas, una madre es esa manta que te arropa antes de acostarte, es aquella que te quiere seas cojo, tartamudo o el hombre elefante. La mía me acompañaba en las buenas y en las malas, pero sobre todo en estas últimas. Por ejemplo, cuando me sentaba a llorar en una esquina porque no podía escupir ni un par de letras juntas. Y cuando se marchó sin despedirse, me sentí más vulnerable que nunca. 

Mi primera relación llegó con varios años de retraso, a mis 23. La veía como un premio de consolación a una pubertad que no me había regalado ni un triste noviazgo y que estuvo salpicada de amores no correspondidos que yo atribuía a mi falta de fluidez y de confianza. Pero aquella aventura también terminó en desastre: con un matrimonio fugaz y un divorcio de telenovela. 

Cada vez que discutía por cualquier nimiedad con mi ex pareja, ella me decía que era un “jodido tartamudo” que no merecía ni su compasión ni su pena. Y yo me quedaba con la cantinela en las orejas: no dejaba de pensar en lo indeseable y tartamudo que era. Nunca le pregunté por qué lo hacía. Intuyo que porque quería alejarse de mí para huir con un amante con el que compartía un hijo. Quizás he ahí la única respuesta para explicar tanta saña, premeditación y alevosía de su parte. 

En aquella época, de jodido, creo, no tenía nada, pero de tartamudo todavía sí: entre mucho y demasiado. Acabar una sola frase –una pinche, raquítica y sencilla frase– me suponía siempre un despliegue físico considerable: sudaba, tensaba una y otra vez los mismos músculos que se usan para dar un beso y a menudo me quedaba sin aire mientras los que me escuchaban pedían la hora como los aficionados al árbitro en un partido de fútbol. Era como los boxeadores a los que suelen noquear en el primer asalto, un monosílabo extraviado en un ring lleno de términos rebosantes de significado.

Alcancé mi punto de quiebre y probé las drogas, pero la marihuana me sumía en un sueño profundo y un subidón de cocaína casi me mata –me puse a coquetear con ella por una soberana tontería: porque un roommate me convenció de que hablaba muchísimo mejor cuando esnifaba–. Después, un colega bipolar que se acababa un jarabe para la tos de un par de tragos sin estar enfermo me animó a jugar a la ruleta rusa con unas pastillas de colores para esquizofrénicos que, según su versión, reducirían en más de un 30 por ciento mis dificultades. 

Me resistí a los cantos de sirena por sus efectos secundarios y porque los atajos jamás me parecieron buenos: tenía miedo de volverme adicto, de perderme para siempre como un viajero despistado en un desierto. 

La tortura prosiguió hasta que mi cabeza atolondrada se amobló mínimamente. Había crecido: me hice mayor. Había entrado a trabajar en un periódico y dejé de ahogarme en mis miserias para prestar más atención a la realidad igual de miserable que me rodeaba.

Comencé a escribir al trote y al galope como una forma de exterminar a los demonios que me atormentaban, a narrar historias entrañables, a disfrutar y sobre todo a disfrutarme. Tuve una hija. Armé familia. Publiqué un libro. Me olvidé de la tartamudez con la facilidad con la que los hipocondríacos dejan atrás un nuevo malestar imaginario. Y sucedió lo que jamás imaginé que ocurriría: empecé a hablar con mucha más soltura. 

En Bolivia, país en el que radico desde hace casi 12 años, algunos aún me charlan en su inglés de andar por casa no porque yo sea rubio, alto y espigado, sino porque consideran que yo me comunico en un lenguaje extraño. Me siguen colgando el teléfono cuando tengo que concertar una cita porque creen que al otro lado de la línea hay un desgraciado con ganas de molestar un rato. Sé que algunos se mofan de mí en cuanto me doy la vuelta y que otros me ven nomás como un cero a la izquierda. Y también hay sinvergüenzas que me tratan como si fuera un estúpido elevado a la enésima potencia. Pero ya no me importa. Es más, me gusta hacer bromas del tipo: “mi tía vive al lado de una parabólica y por eso padece cáncer en 50 idiomas; yo vivo debajo de un repetidora y por eso me volví tartamudo”. Mi contestadora, cuando alguien llama y no le contesto, recita lo siguiente: “Está usted hablando con un teléfono tartamudo. Si quiere dejar algún mensaje, repítalo para que yo lo entienda”. Y a mis conocidos les digo que deberían temerme, que el tartamudo, como el cartero, siempre llama dos veces. 

Hoy, amo mi tartamudez porque me gusta repetir cosas bonitas y lanzar piropos al cuadrado para alegrar por partida doble a mi mujer cuando se levanta. La amo porque pienso que, entre los “mal hablados” de la Tierra –que son un verdadero ejército–, el tartamudo es el rey, un rey pasmado pero rey al fin y al cabo. La amo porque me obliga a concentrarme más en cada idea y porque funciona como una extensión de mi cerebro.
Todavía, sin embargo, me persiguen algunos fantasmas. No soporto el vis-à-vis con un semejante, la confraternización, las reuniones de autoayuda entre tartamudos. Mis pares me producen ansiedad, alergia, cierto rechazo. Probablemente, porque cuando me comparo con ellos me achico como los anoréxicos frente a su reflejo.

Pero bueno: nadie es per-per-per-fecto.


Septiembre de 2013

domingo, octubre 17, 2010

Rubén Nigita nos comenta cómo debemos enfrentar la tartamudez

martes, enero 19, 2010

Si la Tartamudez no se cura...

Es simple cuando un método fracasa es más facil poner en duda al tartamudo que al método en cuestión, pero...

La tartamudez aún no tiene cura ... Y eso no quita que haya tartamudos que no se bloqueen ... Lo cierto es que no hay una solución colectiva ... Y si se mira con astucia ... esa afirmación posee un número considerable de buenas noticias:

Si la tartamudez no se cura ... no debería haber culpabilidad ni verguenza en tartamudear.

Si la tartamudez no se cura ... El hecho de templar la voluntad para no tartamudear no tiene demasiado sentido ... No me atasco porque no me esfuerzo lo suficiente en no hacerlo ... Me atasco porque soy tartamudo y ya.

Si la tartamudez no se cura ... La sociedad no tiene autoridad moral para marginarnos ... Ni mucho menos para poner en duda nuestra capacidad y voluntad personales.

Si la tartamudez no se cura ... Es accesorio hablar lento .. . pausado ... No digo que no sirva o que en muchos casos no haya sido de utilidad ... digo que es "accesorio" ... cuál si fuera el bastón de un cojo.

Si la tartamudez no se cura ... Cambiar el patrón del habla no es la solución colectiva ... sino la solución de unos pocos.

Si la tartamudez no se cura ... cuando un método cualquiera fracasa ... probablemente sea culpa y responsabilidad del método en cuestión ... no del tartamudo ... Y mucho menos de su voluntad para recuperarse.

Si la tartamudez no se cura ... No hay pastilla mágica que valga la pena tomar ... Ni psiquiatra 100% recomendable.

Si la tartamudez no se cura ... No hay obligación de curarse ... ni necesidad de esconderse ni disimularla.

Si la tartamudez no se cura ... Conviene dejar de sufrir y lamentarse por ella.

Si la tartamudez no se cura ... es en vano victimizarse ... No hay remedio eficaz para matarla ... mejor darle la mano.

Si la tartamudez no se cura ... Nadie más indicado para hablar de ella y definirla que "nosotros" los tartamudos.

Si la tartamudez no se cura ... Pues adelante ... a dar metralla aunque sean tiempos de paz ... y a romper palabras sin ninguna verguenza.
Rubén
Enero 2010

martes, septiembre 22, 2009

Soy TARTAMUDO, pero cada día trato de ser más TARTA que MUDO

Soy tartamudo desde los 4 años ... sufrí como todos, estoicamente a veces ... cobardemente otras tantas ... Siempre busqué enfrentarla de muchas maneras ... Algunas veces me puse metas complicadas y absurdas: hablar ante mucho público ... dar conferencias sobre mi profesión... Ello no mejoró mi tartamudez en sí ... pero si me desinhibió muchísimo al hablar ... y me dio seguridad a la hora de exponer ante otros.

Pertenezco al foro TTM-L hace varios años ... Le debo a Pedro Rodríguez la posibilidad de conocer a otros tartamudos y conocer a mi tartamudez un poco más.

De todo lo que leí sobre tartamudez ... por ahora nadie como Van Riper ... un genio cuya obra perdurará muchos años.

Hago psicoterapia hace 11 años ... me da mucha paz interior y me permite entender y aceptar dolores pasados y presentes ... Traté muchas veces el tema de mi tartamudez ... pero no creo en el origen psicológico de la misma ... Pero sí que a causa de mi tartamudez he sufrido algunas inhibiciones ... A todas ellas las he tratado oportunamente ... y con sorpresa encontré dolencias psíquicas mucho más profundas y estructurales que mi tartamudez.

Fuí víctima de una logopeda a mis 15 años ... Una mujer que me hacía leer en voz alta y de espaldas a ella ... Siempre pensé que quizás ella desconfiaba de mi memoria ... y por ahí creía que dándome vuelta yo iba a sentir que estaba solo ... Lamento haberle pagado dinero ... De todas maneras acepto que no es bueno ni pertinente generalizar.

Mi camino es la ACEPTACION de la tartamudez y aquí no hago concesiones ... Creo que aceptarse es el paso previo para todo lo demás ... Yo tengo bloqueos esporádicos y también repito sílabas en algunas palabras ... No creo en las recetas mágicas para curarse ... pero acepto y discuto con pasión todos los puntos de vista.

La tartamudez no ha estropeado mi vida ... pero si tuve momentos de inmensa amargura ... desesperación y llanto ... De todo eso SE PUEDE SALIR ... es posible ... Yo he salido gracias a la ayuda de todos ustedes queridos compañeros.

Hice radio ... teatro ... di clases ... conferencias ... expongo oral y semanalmente en mi trabajo ... Y no por ello dejé de sentirme molesto algunas veces ante un repentino bloqueo ... La clave a mi entender está en que un bloqueo no tire por la borda todo lo que podamos hacer o decir después.

Creo que hay que aprender a tartamudear como decía el Tío Van ... hablar fluidamente es lo más fácil ... eso todos lo sabemos hacer muy bien ... Lo que no sabemos es tartamudear ... y mucho menos hacerlo en paz ... He ahí mi desafio ...

SOY TARTAMUDO ... ni disfémico ... ni un carajo ... TAR-TA-MU-DO ... Y cada día que pasa ... trato de ser más TARTA que MUDO.
Rubén
Septiembre de 2009

jueves, agosto 23, 2007

Esperando llegar a los 40 años

HF, un miembro de nuestro Grupo de Apoyo TTM-L, escribió lo siguiente: En julio cumplí 40 años, para muchos puede ser un problema pero yo me siento mas que contento, ¿saben porque?, estuve diez años esperando llegar a los 40 ya que me cuesta mucho empezar las oraciones con las consonante t - r y decir 30-31...... era toda una odisea, odiaba decir la edad, por eso trataba de evitar ir al medico o hacer tramites pero ahora con cuarenta estoy mucho mas tranquilo y por otro lado pienso como pude se tan tonto... Quemar diez años de mi vida por una cosa tan insignificante!!
Creo que sobran los comentarios...

lunes, febrero 12, 2007

Antes prefería no llamarme "Tartamudo"

Recuerdo hace varios años como discutía con miembros de esta lista (se refiere a nuestro Grupo de Apoyo TTM-L) porque defendía que debíamos llamarnos: "personas que tartamudean" y no “tartamudos”.
Pero rectificar es de sabios, me di cuenta que si aceptamos este problema sin complejos, si aceptamos simple y llanamente que somos tartamudos y que posiblemente lo seamos toda la vida nos quitamos un gran peso de encima. No tenemos esa presión de hablar en todo momento bien, de hacer que no se nos note que tartamudeamos.
Recuerdo cuando iba a logopedas y psicólogos, como estaba autoevaluándome a todas horas, analizando en todo momento mi forma de hablar, y como me hundía cuando no hablaba correctamente.
Según las enseñanzas de esos logopedas, algo no debía estar haciendo bien. Curiosamente, y supongo que también os pasará a muchos, cuando dejaba de ir a un logopeda hablaba igual de bien o de mal que siempre. O incluso podía hablar mejor en muchas ocasiones si lograba olvidarme de este problema.
Muchos de vosotros no sabréis algo que pasó allá por el 2001. Invitaron a Pedro y a otro miembro de la lista a participar en el programa de radio "Un mundo sin barreras". En ese momento me sentí muy orgulloso de pertenecer a esta lista y me sentí completamente identificado con Pedro cuando tartamudeaba en la radio. Así hablamos los tartamudos. Y él lo hizo sin complejos. No es nada fácil, porque tenemos muchas burlas detrás y muchas lágrimas, pero ese es el camino que nos debemos trazar. Porque esta es la única vida que tenemos y no hay que desperdiciarla.

Antonio
Febrero, 2007